La poesía toca con sus alas lo más pequeño, lo más excelso, toca el dolor y la alegría.

Nos pega a la tierra, a los seres vivos, nos eleva y transporta a otra dimensión.

05 junio 2010

El mínimo esplendor de la vida

Con cariño y admiración a todos  los compañeros/ras poetas.
Reclamo tu atención
desde el lugar que habitan las violetas,
la tímida emulsión,
la tinta con que llevan los poetas
escrito el corazón.

Acerca los sentidos
a las mínimas violetas florecidas,
sus mágicos fluidos
no perfuman inmensas avenidas
de ángeles caídos.

No invocan atención
ni llenan los salones de la audiencia,
las luces de neón
no alcanzan la exquisita esencia
que brota en un rincón.

No saben de rencillas
de los grandes jarrones de claveles
y rosas amarillas.
Los poetas no llevan cascabeles.
dialogan de puntillas.

22 mayo 2010

Déjame la Tierra


Déjame la tierra Padre
aunque dormida,
para recostar mis huesos
ya cansados,
para contemplar la vida que decrece
por sus montes desolados.

Déjame la tierra herida,
muerta acaso,
aunque el olvido le muestre
su cadalso
que yo cubriré sus fuentes
con mi llanto.

Aunque el candil de la luna
se apagase
y no quede estrella alguna
que inflame
su esplendor en la laguna,
 
déjame la tierra Padre
que regreso
con los hombres que la empapen
de esperanzas,
compartiendo todo un cielo
amplio de luz espigada.

02 mayo 2010

A final del camino


 
Cuando me aleje
al volver la espalda
quizá refleje
la silueta cálida
de un recuerdo.

Al fin del sendero
mi estrella aguarda
sigo el destello
de sus migajas.

Quizá a lo lejos
de ardiente nostalgia
me aguarde el beso.

22 abril 2010

La noche murió


La noche murió aquí.
La encontraron acribillada
a balazos de Electra
y a ráfagas de neón
al atardecer de un día cualquiera,
hace muchas décadas.

Desde entonces su cadáver
es horadado por proyectiles lumínicos
para asegurar que su serena penumbra
no recobra la seda negra de su manto.


En sus dominios brillaba
la auténtica luz.
Millones de soles
bajo el incendio de su sudario,
viven.

10 abril 2010

En la ribera


No mereces de mi alma un suspiro
ni siquiera una lágrima en mis ojos,
sin embargo, a merced de tus antojos
va el espejo de agua en que me miro.


Me susurran las lágrimas del sauce,
muy lejos de tu influjo, en el remanso,
su sombra es caricia en mi descanso
que aletarga el fluido de tu cauce.


Anulas mis reflejos cristalinos,
aunque firme mi lecho en sus vaguadas
va inventando sosiegos anodinos.


Y tú me precipitas por cascadas
que convierten mi agua en remolinos
y me alzas en espumas irisadas.